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Antes del diluvio

Antes del diluvio

     El domingo 23 de febrero publiqué mi habitual columna de El Lobo Feroz en el diario El Mundo. Esa cabecera había sido la destinataria de casi todas mis piezas de prensa prácticamente desde que Pedro J. Ramírez, a finales de los ochenta, la fundó, y siguió siéndolo cuando otros directores empuñaron el timón del periódico. La columna en cuestión, que recogeré más adelante, llevaba el título de Lo que nos espera y trataba, obviamente, de lo que ya entonces, aunque aún de refilón, empezaba a considerarse una pandemia originada en China.

       El sábado 7 de marzo, casi quince días después, fui a la corrida de toros organizada en Illescas, cuyo cartel era de  gran tronío: Morante de la Puebla, José Mari Manzanares y Pablo Aguado. Lo hice acompañado por la señorita Nouvelle Vague. Almorzamos antes del comienzo de la corrida en la carpa montada por Servitoro a la vera de la plaza. El estado de alarma no había comenzado. Aún íbamos todos sin mascarilla, pero ya mantuvimos, en la medida de lo posible, la distancia social.

       El 8 de marzo acudimos los dos a la asamblea de Vox en Vistalegre movidos por mi amistad con Santi Abascal y por nuestra curiosidad de periodistas. No conocíamos entonces las advertencias que ese partido político había colgado en su web avisando del riesgo de contagio que podía correrse. De haberlo sabido, yo, que tengo ochenta y tres años, tres bypasses en las coronarias, una válvula de vaca brava en el hontanar de la aorta y en perfecto estado de revista todos los restantes parámetros de la salud, habría llevado a mi hijo a los columpios de la plaza del Dos de Mayo o a cualquier otro sitio similar.

       Esa misma tarde se produjo el akelarre que todos conocemos. La prudencia aconsejaba quedarse en casa, y eso fue lo que hice.

       Al día siguiente se supo que Abascal, Macarena Olona y Ortega Smith habían pescado el virus. Ese mismo día, motu proprio, me confiné, y así hasta hoy. Únicamente salí, prudentemente embozado, el jueves 12 de marzo para hacerme la prueba del coronavirus en un laboratorio privado y una ecografía renal, previamente apalabrada, en el hospital San Francisco de Asís. Todo estaba bien. El análisis del Covid dio negativo. Hace quince días salí otra vez de casa para cortarme el pelo. Con mascarilla, claro.

       En el ínterin, muy poco después del comienzo de mi encierro, me telefoneó el director de El Mundo para comunicarme, con laconismo que me sorprendió y manifiesta incomodidad por su parte (también por la mía), que mi columna dejaba de publicarse por motivos de ahorro presupuestario impuesto desde Italia por la empresa mayoritariamente propietaria de Unidad Editorial. La misma medida se aplicó en idéntica fecha a mi blog Dragolandia. Fue entonces cuando reaccioné, de bote pronto, a tan sorpresivo cerrojazo, abrí una cuenta en Twitter y decidí fundar, con la exclusiva ayuda de la señorita Nouvelle Vague, este semanario.

       Hice ambas cosas para no quedarme sin medio de expresión y de opinión. Cierto es que nada me impedía, y en ello ando, seguir publicando libros ‒el segundo volumen de mis Memorias ya está en talleres y el 7 de julio saldrá a la calle con el sello de Planeta‒, pero, de igual modo que un escritor sigue siéndolo aunque sus libros no encuentren editor, lo que no es mi caso, cierto es que un periodista deja de serlo si sus piezas, que casi siempre lo son de actualidad y rabiosa urgencia, carecen de rampa de lanzamiento.

       Ni protesté por el cerrojazo así descrito ni indagué sobre sus verdaderas causas. No es ése mi estilo, habituado, como por carácter, filosofía y educación lo estoy, a coger el sombrero que no tengo, el paraguas que tampoco y el portante, cerrándolo a mis espaldas con suavidad, cuando sus guardeses me lo indican.

        Poco a poco, sin embargo, los ecos de otras voces y las voces de otros ecos, por amistad, por gremialismo o por malicia, empezaron a deslizar en mis oídos diferentes hipótesis sobre el origen del cerrojazo atribuyéndolo a censura accionada con mando a distancia desde poderes, personalidades o instituciones a las que mis columnas les parecían incómodas o abiertamente contrarias a sus designios.

       Ignoro si tales rumores tienen o no fundamento. Tampoco voy a hacer nada por esclarecer el dilema. Debo, al fin y al cabo, la existencia de La Retaguardia a mi expulsión de El Mundo y bien está siempre lo que bien acaba. Pero son ya tantos quienes me dicen que la columna a la que más arriba hice referencia fue la gota de agua que colmó la paciencia de quienes mecieron la cuna de la mordaza que he decidido publicarla de nuevo aquí para que los lectores juzguen y también para presumir un poco ‒peccata minuta‒ de haber sido yo, como Juan en Patmos, uno de los primeros evangelistas, si no el primero, que puso en guardia a sus lectores sobre el diluvio que se avecinaba y que ya ha estallado.

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