Menu

LAS CASAS DANESAS VI

LAS CASAS DANESAS   VI

/Juan Moreau Tamayo

José Luis al despertar después de revolucionar la cabina de pasajeros con sus ronquidos, tuvo ganas de ir nuevamente al servicio por lo que me pidió lo acompañara hasta el final del pasillo en donde estaba ubicado el WC.

Yo, esperé pacientemente a la puerta cuando por los altavoces oímos la voz del capitán de la nave que, primero en inglés, luego en danés y por último en español, se dirigía a los viajeros de esta guisa:

-Señoras y señores viajeros, les habla el capitán: - Estamos a punto de entrar en una turbulencia atmosférica por lo que solicito permanezcan en sus asientos, dejen los mismos en posición vertical, se abrochen los cinturones de seguridad y esperen nuevas intervenciones si las consideramos necesarias y pronto saldremos de esta tras unos minutos de pequeña tempestad.  Gracias por su colaboración y comprensión.

Todos los viajeros oímos el mensaje en nuestro respectivo idioma y obedecimos la orden; a mí, la chica que nos atendía me pidió amablemente fuera a mi plaza como todos… como todos menos uno que estaba deponiendo en el servicio…   llega la fatídica turbulencia y el avión comienza a temblar como hoja de papel en la inmensidad, pero sin un riesgo para la tripulación y pasaje, acostumbrados a estas anomalías.

De pronto, se abre la puertecilla del servicio y salió el pobre “cateto” vociferando, lívido como el papel y de forma tan esperpéntica, que, si no hubiera sido por las circunstancias que padecimos, nos hubiéramos reído de lo lindo.   El pobre, estaba en calzoncillos antiguos, que le llegaban a las rodillas, abiertos delante, con botones que llevaba desabrochados, de un rojo chillón, el pantalón sujeto de un pellizco, en fin, un verdadero desastre.

Al huir de lo que él se figuraba que era pensar que había llegado la hora   de encomendarse a Dios por ser el fin de nuestros días, lloraba como un niño y al soltarse de los asientos traseros iba dando traspiés por el pasillo central, hasta aterrizar encima de una extranjera que, a su vez, gritaba más que él para que se lo quitaran de encima.

Por los altavoces pidieron, una vez restablecida la calma, si había algún médico a bordo a lo que nuestro amigo se opuso ya que solo fue el susto sin daño alguno. No obstante, el capitán le indicó al sobrecargo nos llevara a la cabina de clase preferente para ser auscultado por un médico que se prestó voluntariamente a reconocerlo, sin encontrar nada digno de mención y, por otra parte, apaciguar a los curiosos que preguntaban con sorna qué había pasado.

Había tres plazas vacías por lo que nuestra frau “Lüstefell”, José Luis y yo, sobrevolando Francia, pudimos disfrutar de las ventajas de viajar en clase preferente de un avión comercial y no en clase turista.

Luego, nos sirvieron la cena, como dije, cocina internacional y no fue de nuestro gusto; primero, por ser las cinco de la tarde, segundo por el sabor de las comidas, y tercero, comiéramos o no, las viandas estaban ya abonadas con los precios de los billetes.

          

volver arriba