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LAS CASAS DANESAS VII

LAS CASAS DANESAS VII

/Juan Moreau Tamayo

José Luis, mi acompañante de viaje, era un hombre a carta cabal, chapado a la antigua y algo cabezota; rudo, pero con una sabiduría innata de los hombres de campo, que siempre llevaba la verdad por delante. A consecuencias de la muerte de su padre que dejó una familia muy numerosa de tres hijas y cuatro hijos, cuando él sólo contaba doce años.

Pronto, se vio en la necesidad de trabajar en el campo, primero guardando cerdos, luego que tuvo quince años en las difíciles tareas de jornalero, o sea, en todo lo que se presentaba para poder ayudar a su madre, con la mísera pecunia que les ofrecían los cortijeros.

A esa muerte, la casa se desborona y cada cual va por su lado quedando él solo con su madre por ser el menor de los hermanos.   La única herencia que dejó el difunto fue ocho olivos que producían unas aceitunas extraordinarias y que vendían anualmente a cooperativas olivareras por un buen precio.

Posteriormente, se puso en contacto con el director de una sucursal bancaria y al saber de la formalidad y espíritu de sacrificio de nuestro hombre, le concedió un préstamo que sirvió para comprar unas tierras colindantes, y así fueron los principios del capital que acumuló.

Pero sigamos con nuestra historia; nuevamente, por megafonía se anunció lo siguiente:

-Señores pasajeros; en unos minutos aterrizaremos en el aeropuerto de Copenhague, abróchense los cinturones- …  y todo el protocolo que es inútil repetir.

Y empieza mi acompañante a maldecir la hora en que se le antojó volar. después de tres horas, y otra media entre Málaga y Madrid:        

  --Me voy a tener que “cagá” en “toa” mi parentela, en tos mis muertos y en mis vivos… ¡A quién se le habrá “ocurrío” la torpeza de traerme con er miedo que me dan los aviones, que me daban susto “na” más que verlos desde la tierra! -…  “Mardita” la hora… Su “pu…” madre… ahora sí que tengo “mieo…” Me sobran agallas “pa tó” menos “pa” montarme en un aparato de estos… que Dios “mos” proteja…

¡- José Luis, intervine yo, no soliviantes a los demás viajeros que hablan español; lo peor ha pasado; y pronto estaremos pisando tierra firme.    

El aterrizaje fue perfecto: el avión ni se movió; solo se notaron ya en tierra los frenazos y pronto estuvimos parados del todo. José Luis, se agarró al asiento delantero y aguantó el tirón hasta el final.

  

 

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