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LAS CASAS DANESAS XI

LAS CASAS DANESAS XI

                     /Juan Moreau Tamayo      

La cena fue espléndida; Comimos productos españoles y las atenciones de la familia gaditana de lo más cariñosa; el amor patrio estando en un país tan lejano se acrecienta y cuando terminamos brindando con cava español nos despedimos de ellos con vivas a España, a Andalucía, a Málaga y Granada, Cádiz…

También hubo sus lagrimitas como dice un proverbio gallego: “teníamos morriña de nuestra patria” sobre todo los dueños del restaurante.

La intérprete, nos dijo que no nos gastáramos nada pues era más rentable ir en autobús ya que el centro de la ciudad estaba algo lejano; esperamos en la parada un par de minutos y al detenerse “Lucifé” dijo algo al conductor.  Nos despedimos de ella; yo abrí mi monedero indicándole cogiera de él el precio de los dos billetes a lo que se negó diciendo “español gratis”.

Luego supimos que no éramos nosotros los únicos pasajeros que no tenían que pagar; los autobuses en sí eran gratuitos y que los daneses pagaban unido a los impuestos.

Llegamos pronto al hotel y como eran las diez de la noche estaba cerrado; llamamos un par de veces y el recepcionista de turno, con muy mala uva, nos enseñaba su reloj como dándonos a entender que para ellos era muy tarde; la mesa estaba puesta y se enfadó más al comprobar por señas que ya habíamos cenado.

La noche fue corta para nosotros; como casi en toda Europa las costumbres eran el desayunar a media noche, un bocadillo a las ocho de la mañana, a las doce del día el almuerzo, a las cinco de la tarde la cena, y una merienda sobre las ocho-nueve de la noche.

¡Qué maravilla! El ferry que cogimos era maravilloso; tardaban aproximadamente tres horas en cruzar desde la isla al continente; es decir desde Copenhague a Aarhus por el estrecho de Helsinger; hacía frío, pero nosotros queríamos ver el mar desde la quilla, el mar estaba bastante en calma, pero de pronto nos vimos inmerso en una neblina de lo más espesa y tuvimos que regresar a nuestros camarotes como nos lo indicaron miembros de la tripulación.

Bajamos a las tiendas que estaban en el interior del buque y nos quedamos boquiabiertos por la cantidad de artículos que se podrían comprar.

El barco, entre tanto seguía continuamente lanzando al viento su sonido característico para avisar a otros posibles navíos de nuestra presencia en la niebla.

 

 

 

 

 

 

 

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