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LAS CASAS DANESAS XXIII

LAS CASAS DANESAS   XXIII

/Juan Moreau tamayo

Pronto estuvimos con Felipe en la fiesta; casi todos los reunidos lo conocían y saludaban; él nos presentaba y nosotros respondíamos al saludo, yo en alemán y mi compañero con un “muncho gusto” que encantaba a los nativos.

Ellos y ellas no tienen temor al ridículo y más, después de engullir unas enormes salchichas de Frankfurt, regadas con un buen vino o bastante cerveza, bailaban, jugaban y se sobrepasaban según nuestra forma de ver, y según ellos era lo más natural del mundo, como por ejemplo los varones enseñaban las posaderas; y ellas gritaban como energúmenas.

Luego hubo concurso de bebedores de cerveza, de pantorrillas, de gorgoritos…  

 José Luis “el cateto”, una vez saciada el hambre, preguntó al camarero si en las tapas venían: jamón, queso, salchichón o mortadela, le dijimos que no estábamos en España por lo que la comida, todo a base de “Kartofen- patatas” era lo normal no tenerlas sino platos de comida a rebosar y cuando tocaba beber, pues bebían y no agua precisamente.

Y… José siguió tomando cerveza, ya en cantidades mucho mayores y… pronto lo vimos descamisado, canturreando no sé qué canción rodeado de señoras y dando vivas a España…   Yo que lo había visto durante el viaje muy retraído y formal ese aspecto de su persona lo desconocía.

De pronto, se separa de la gente y se dirige al pequeño escenario, no sin antes ser anunciado al público algo que no entendí bien, pero sí “españolo” y… nuestro “cateto”, con voz bastante clara y estilo rayando a regular se quita la chaqueta y da unos pases toreros de salón, con el correspondiente “ole” de Felipe y rápidamente seguido del público.

Luego, a voz en grito cantó “la la, la la, - la, la, la, la, que viva España” y me quedé extrañado que todos corearan el estribillo, dirigido por Felipe.   Luego cantó (hecho un adefesio) “En las cuevas que hay en graná” y por último me llevaron a mí al escenario y me hicieron que entonara “Granada, tierra soñada por mí” y salí del compromiso pensando el ridículo que hicimos, pero la concurrencia quedó altamente satisfecha.

 

Al regresar a nuestra mesa, nuestros asientos estaban ocupados por dos danesas, rubicundas ellas, gordotas ellas, achispadas ellas, besuconas ellas, desvergonzadas ellas…                Nos acercaron dos sillones, y la mitad de un nuevo espectáculo lo protagonizaron ellas, ayudados por nosotros, y la otra mitad por el alcohol ingeridos por todos.

Luego, como José Luis estaba a sus anchas, no quería regresar al hotel, pero a sabiendas que al siguiente día teníamos que ir de nuevo a Dinamarca, que teníamos los billetes de tren y avión en nuestro poder, a trancas y barrancas lo convencimos para dejar la fiesta. Por fin, nuestro “cateto” entre besos y “achuchones”, nos fuimos a dormir acompañados por las dos prójimas y Felipe, pensando por mi parte (que era el menos borracho) con el suplicio de aguantar una noche más los ronquidos.  

Al despedirnos de nuestro nuevo amigo que nos prometió visitarnos cuando viniera a España, cosa que no pudo cumplir, a la despedida nuestro “cateto” le dio la llorona y empezó a dar besos a todo el mundo; a mí me los daba en la cabeza porque era más alto que yo; dio besos a diestro y siniestro y hasta el recepcionista pilló algunos.

Y como auguré, otra noche en vela, porque los ronquidos no me dejaban dormir y cuando expulsaba el aire olía a cerveza añeja.  A la mañana siguiente, nos encontramos toda la habitación en orden, la ropa bien puesta y nosotros en “calzoncillos” pero ninguno de los dos sabíamos si fueron las “coleguitas” las que lo hicieron, o por el contrario Fue Felipe el que nos desnudó.

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