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SINCERIDAD

SINCERIDAD

Juan Moreau Tamayo

En una aldea de nuestra provincia, entre los colegiales, había un chaval de ocho años, inocente, sencillo, angelical; siempre con la verdad por delante, aunque le perjudicara; cuando hacía cualquier trastada, si la madre le preguntaba, siempre respondía: “mamá perdóname, he sido yo”.  Pero a igual que para sí mismo era para los demás; cosa que viera mal no la callaba, pesara a quien pesara.

Estábamos a finales de junio, tiempo de exámenes; en el colegio se realizaban con cierta seriedad para los que eran invitados por la “maestra”, el señor Alcalde pedáneo, cabo de la Guardia Civil y Jefe de estación de la Renfe, como simples espectadores del examen oral que, dicho sea de paso, era de lo más elemental.

La profesora preguntó a todo el grupo algo que canturreábamos a diario:   ¿-Cuáles son los sentidos corporales? A los que todos los alumnos respondíamos a unísono:   ¡-Vista, oído, olfato, gusto y tacto!...

-A ver, Juanito, señálame el sentido de la vista-  Yo llevé el dedo a los ojos y todos aplaudieron.

-Tú, Teresa, el oído…  La aludida señala sus orejas, y vuelta la algarabía;

-María Luisa, tócate el sentido del olfato: -Mi hermana se toca la nariz y… nuevo aplauso de la concurrencia.

Por último, porque ahí terminaron los exámenes aquél día, doña Ele (deformación de Ángeles), hace levantar a Emilito y la pregunta de rigor:       - A ver, jovencito, enséñame dónde tenemos el sentido del gusto…  El chaval duda, mira a todos sus compañeros, luego a la presidencia, y pregunta:

¿- Ahora?  - Sí, claro, ahora-.    Emilio se lleva la mano a la “bragueta” e inocentemente desabrocha un botón y se saca la “cuquilla” diciendo tímidamente: ¡- Aquí, señora maestra!  

                                                          

 

 

 

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