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LAS CASAS DANESAS XXIV

LAS CASAS DANESAS   XXIV

              /Juan Moreau Tamayo

Llevábamos poco equipaje por lo que no nos fue difícil llegar a la cercana estación de ferrocarril, y al tener los billetes para el “Transport Europa Exprés”, nos acompaña una señorita a nuestros asientos en los coches a Copenhague y deseándonos un feliz viaje, nos deja.

Caer en el asiento y quedar dormido para nuestro “cateto” fue dicho y hecho; la gente en clase preferente en todos los países que conozco, son muy remilgadas y como en esta clase a veces son sus clientes “el quiero y no puedo” parece que se han “peído” y lo están oliendo.  Y no fue el refrán; sino que la resaca hizo que José Luis lo hiciera dejando el compartimiento impregnado de mal olor.

 El departamento iba completo y como es lógico, quedamos dos en él; los pasajeros de los otros cuatro asientos se marcharon murmurando por lo “bajini” algo intraducible que no entendimos y mejor fue así.

En el tiempo que antedije, llegamos a Copenhague los dos solitos, y nos causó una grata sorpresa ver como el tren, ni muy largo ni muy corto entró en el barco completo. Yo de ver los vehículos en las bodegas del barco que los transporta, por ejemplo “el melillero”, no me llamó la atención, pero el tren fue algo diferente, extraño y novedoso.

Luego de pedirnos por megafonía que podríamos subir en los ascensores a la planta comercial, nos admiró –eran los años setenta- y como la moderna Vialia del ferrocarril en Málaga, no estábamos acostumbrados a ver además la cantidad de tiendas que tenían, modernas, y con toda clase de negocios que ni en sueño podríamos tener.

Pregunté a mi querido acompañante si quería un Wiski y por poco me gano un puñetazo; no había soltado todavía la resaca y encontraba todo repugnante; se tomó una infusión y yo no recuerdo qué fue.

Empezamos a visitar tiendas y lógicamente compramos regalitos para los niños y no tan niños, para los jefes y amigos más allegados y además de ambos para nuestras queridas esposas. Luego desembarcamos.

Tuvimos que esperar casi media hora para que un taxi nos llevara a la terminal del aeropuerto tras abandonar el barco y el conductor que hablaba alemán me preguntó si no teníamos noticias del accidente de un “Boeing” 727 de las líneas escandinavas; le respondimos que no sabíamos nada de tal siniestro y por lo que a mí me tocaba, me dio cierta desazón el tener que volar ese día.

Llegamos al aeropuerto y nos encontramos con un panorama de lo más complicado; al principio, la cola que teníamos que hacer era kilométrica y le dije a José Luis que esperara en el bar, aunque vimos que el vuelo a Málaga estaba, como muchos otros “to cancelle-suspendido” con indicación de poder volar haciendo escala   en Londres y como otra alternativa no muy segura “delayed-retrasado” vía Paris  Al término de la fila la señorita me entrega nuestra carta de embarque y me advierte que tengamos paciencia y que enseguida se avisará por los altavoces la partida de nuestro vuelo.  Decidimos ir por Londres para librarnos del caos...   Y nos equivocamos.     

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