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Incendio en el pajar

Incendio en el pajar

/Juan Moreau Tamayo

Salvador y su familia estaban almorzando tranquilamente en su cortijo, cuando, de repente, un gran olor a paja quemada y las voces estentóreas de un gañán que tenían en la finca, gritando:     ¡-fuego, fuego!... hizo a todos levantarse de un salto de la mesa y correr al pajar; una gran humareda con enormes focos de llamas blanquecinas, salían de él.

El cortijo estaba a un kilómetro escaso de la aldea por lo que, en pocos minutos, con las campanas de la Iglesia repicando y el aguacil tocando una “cuerna”, todo el que pudo salió de estampida al lugar del incendio, con cubos y otros utensilios similares

Allí, se formó una cadena humana desde el pozo, algo distante, hasta el lugar que se quemaba el pajar con una virulencia tremenda y con los medios tan primitivos como teníamos.    Los cacharros pasaban raudos de mano en mano y los más intrépidos, lanzaban el agua que contenían los recipientes, que no hacían más que aumentar las llamas, ya que eran pocos utensilios, y frágiles la mayoría de las personas que se encontraban en la doble cadena humana en donde, los hombres y mujeres más fuertes pasaban con gran rapidez los cubos llenos de agua, y los niños o los más débiles, los devolvían vacíos.

De pronto Salvador, dando un grito enorme, se lanzó a las llamas diciendo:

“- El dinero, ¡el dinero!  Que Dios me proteja”.

Fue tan rápido en saltar que no hubo tiempo de detenerlo; todos quedamos como petrificados, nadie se movió; luego, un grito desgarrador, agudo y…nada más.        La esposa gritaba desesperadamente:

“-Ir en su ayuda, detenerlo, ¡por Dios bendito!”

Terminó de quemarse el pajar y con él, el laborioso Salvador. Entre las cenizas, bajo una viga a medio quemar se encontró el cadáver, aferrando en su mano derecha, casi enterrada, un gran puñado de billetes grandes calcinados, posiblemente los ahorros de toda una vida pegada al terruño.

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