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Los boquerones

Los boquerones

/Juan Moreau Tamayo

los años sesenta del pasado siglo, mi padre fue destinado por Renfe a la estación de Gobantes, situada en la línea férrea Córdoba-Málaga.    “Gobantes” era una aldea de unos trescientos habitantes, en el término municipal de Peñarrubia, provincia de Málaga, desaparecida bajo las aguas del Pantano del Guadalhorce.

Entre esta estación y la del “El Chorro”, existían dieciocho túneles que la gente pasaba a pie para ir al pantano, el Coscojal o los Gaitanes, unas veces con antorchas, otras con lamparillas de carburo, y las más de las veces a oscuras, para lo que se utilizaban unos bastones que estaban en la boca de los mismos; se recogían a la entrada de cada uno de ellos y se soltaban a la salida; se utilizaban extendiendo el brazo horizontalmente, hasta que el bastón rozaba la pared; en el caso de dejar de rozar el mismo, se acercaba uno a la derecha o izquierda (según el caso) si nuestra marcha fuera ascendente o descendente, y si el palo se doblaba hacia atrás, se tenía el caminante que retirar.

En la fábrica de luz del Gran Gaitán o Gaitanejo, (donde empieza el “camino del Rey”, construido por Don Rafael Benjumea, Conde del Guadalhorce), en una casa-cueva, grande y confortable, horadada en la sierra, vivía un célebre personaje: José Parda, técnico sobresaliente en la fábrica de luz, que destacaba, además, como buen apicultor, también como buen bebedor y no precisamente de agua.

En unas de sus venidas a Gobantes, pudo degustar unos vasitos de vino de Montilla, acompañados de buen jamón, tantos como para tener que regresar a su casa haciendo eses.      Por más que lo quisimos convencer que hiciera noche en nuestra casa, no nos oyó; tomó el camino vía férrea adelante, con un canastillo de caña, en el que llevaba un par de kilos de boquerones que compró en nuestra aldea a medio día.

Eran las once de la noche; llega al primer túnel, coge la correspondiente vara para pasarlo, da un traspié y cae con el canasto.    Se levanta a tientas, lo busca a ciegas, recoge el pescado…  y sigue su ruta hasta la nueva caída.

Las máquinas de los trenes eran de vapor y se alimentaban con carbón mineral por lo que los túneles estaban negros de hollín y los suelos con tierra negra de los residuos de este combustible.

Cuando a la una y pico de la madrugada, llega negro como el tizón a su casa, entrega a su mujer la mercancía, balbuciendo: “- Mañana los fríes”

Y ante los ojos atónitos de su esposa, entrega un negro amasijo de hollín, piedras, y restos de pescado ennegrecido…   Propio para servir en un restaurante de cuatro tenedores.

 

 

 

 

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