Menu

VIVENCIAS INOLVIDABLES

 

/Juan Moreau Tamayo

 

Corría el año 1973; el fatídico día que el automóvil de don Luis Carrero Blanco, Presidente del Gobierno desde junio del mismo año, voló por los aires; yo estaba en Madrid con mi hijo Germán de poco más de cuatro años.

Tras haber finalizado el tema laboral que me había desplazado a la Capital de España; precisamente ese día por la mañana fuimos al Museo del Prado, tras haber recorrido en días anteriores el Circo Price, el Zoológico y algún que otro monumento o museo significativo de los muchos que tiene Madrid.

Aún estábamos en la planta principal observando las estatuas a las que mi hijo, con toda la gracia del mundo quería tapar los desnudos con calzoncillos y sujetadores o sostenes, cuando un grupo numeroso de policías irrumpe en el mismo, pidiéndonos amablemente documentación y ordenándonos acto seguido desalojar el museo y retirarnos a nuestros respectivos domicilios.

Al salir del recinto nos sorprendió el no encontrar taxis que pensábamos coger además de la cantidad de agentes policiales y guardia civil que registraban cada rincón de las calles, arquetas y recovecos, y azorados transeúntes a los que registraban carteras, mochilas o maletines que éste llevara, haciéndoselos abrir en plena calle.

Desde el lugar antedicho, hasta el “Hostal Villamañez” donde me hospedaba con mi hijo, cerca del Parlamento, tuvimos que ir a pie pues la circulación rodada, como dije, había quedado interrumpida, y la mayor parte del trayecto tenía que ir cargado con mi hijo que se cansaba de la caminata a su corta edad.

Me pidieron más de diez veces la documentación, de donde venía y cual era mi domicilio en la capital, y hubo agente que me hizo sacar todo lo que contenían mis bolsillos y la cartela portafolios.

Al fin llegamos a nuestro destino en donde, como en la totalidad de las viviendas madrileñas tenían conectada la radio y entre partituras de música clásica, signo inequívoco de que algo “gordo” había sucedido, daba noticias confusas del atentado, sin ninguna consistencia.

 

El resto del día y su correspondiente noche fueron fatales sobre todo para el niño, ávido por ir a ver más cosas, volver a los “jardines del retiro”, que no se encontraban demasiado lejos, o, en una palabra, escapar de la “jaula” llena a rebosar, pues todos los clientes estábamos retenidos en ella por orden policial con la agravante de no salir de Madrid, hasta nueva orden.

Al anochecer llega un señor pulcramente vestido, modales correctos y como un cliente más se sienta en el salón a oír la radio, sin hacer ni un solo comentario, cosa que los demás clientes, una vez sabido la importancia del hecho, lo hacíamos con frecuencia.

A mí, que tenía programado ir a visitar a mi hermano y demás familiares residentes en Albacete, me hicieron un pie agua, como se suele decir.    Antonio, como así dijo se llamaba el señor que nos acompañaba, pronto congenió con Germán, niño vivaracho y preguntón a quien enseguida empezó a decir abuelo.

Entablamos conversación; le expliqué mi preocupación al no poder salir de Madrid, a lo que respondió ser el conductor de cierta personalidad andaluza que, al día siguiente, temprano, habría de abandonar la capital, que tenía los correspondientes permisos y que por vía Albacete-Murcia, llegaría a su destino.     Su jefe iría en avión.

Bien temprano nos espera en el garaje junto a un coche mercedes último modelo, automático, espacioso y limpio y tras poner el equipaje en su lugar, emprendimos viaje por la carretera Madrid-Murcia-Alicante.

Pasados unos Kilómetros, un piquete de la Guardia Civil nos hace parar y un sargento nos solicita la documentación:    Él, con calma pregunta:

- ¡” La mía o la del coche!”

-La suya, por supuesto.

Yo me quedé con la mano extendida con mi DNI en ella.

El agente identifica a Antonio y saluda militarmente dando un gran taconazo que es secundado por un teniente que realizaba el mismo servicio en otro coche, acercándose al nuestro y repetido por todos los funcionarios que estaban en dicho control.    El oficial se despide, cuadrándose, con la pregunta de rigor:

-Ordena alguna cosa mi- el final no lo entendí; sólo pude observar que no solo saludaban a él sino lo hacían a mí que iba como copiloto.     Pasados ese control y otros tres similares, enfilamos la carretera antedicha entre bromas con el chavalillo y tartamudeos de mi parte al saber que viajaba con una personalidad, a quien pedí perdón por la lata que le había dado el niño, algo que le hizo reír de buena gana.     En un par de ocasiones conectó la radio del coche y oía atentamente las noticias, mejor dicho, la única noticia que de vez en cuando, repetían: el atentado.

Pronto estuvimos en Albacete; me dejó muy cerca de casa de mi hermano; besó al niño, y dándome un abrazo me dijo:     -Hasta pronto-   siguiendo su viaje, no sin antes pedirme le diera mi dirección en Málaga.

Hasta llegada la Navidad no supe quién era; en la felicitación que me envió, y en su tarjeta de visitas figuraba el cargo:  “Gobernador Militar de la provincia de…”

Todos los años hasta bien entrado los ochenta, recibía la felicitación con la aclaración de “General en la reserva”.        En el año, 1986, desde que nos conocimos recibía la felicitación; en ese año, no recibí la suya y la mía vino devuelta.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

volver arriba