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QUE HAYA FORMALIDAD

QUE HAYA FORMALIDAD

/Juan Moreau Tamayo

En un pueblo de la provincia de Málaga, vivían dos vecinas cuyos apodos eran: “La Pinocha”, por estar casada con quien se apellidaba “Pinóchez”, y la “Alfonsita”, esposa de un tal “Alfonso”.

Eran inseparables; cuando había paella para comer en alguna de las dos casas, las dos familias se unían, y no existía día de fiesta, cumpleaños o santo de algún miembro de ambas, que no lo celebraran a bombo y platillo; los dos padres de familia iban al bar, juntos; los niños a la escuela, también; las mujeres al arroyo a lavar la ropa de ambas familias…  En fin: no había dolor que todos no sufrieran, ni alegría que todos no festejaran unidos.

Alfonso compró un “Seat 600” de segunda mano a uno de los guardas del coto, pero no sabía llevar, ni tenía carnet de conducir; en cambio Pepe Pinoche, que no tenía ni un puto duro, y que había sido quien le aconsejó lo comprara, como estuvo en Cataluña durante algún tiempo, había sacado allí su carnet y…   claro, se ofreció a conducir el coche, comprometiéndose a llevar a su compadre y familia a todas partes cada vez que se le antojara, cosa que hizo las primeras semanas.

Luego se perdía con el coche durante el día, regresando sólo bien entrada la noche.     Así un día y otro, hasta que llegó el enfado de Alfonso, que llevaba toda la razón del mundo.     Él era el dueño del vehículo puesto que lo compraron a su nombre, al de Pinoche, y el buen Alfonso era tonto pero muy inocente.    La amistad entre las dos familias se enfrió, lógicamente.     Además de los dos varones, las esposas no se hablaban, llegando a tal punto la ruptura, que denunciaron el apropiamiento del coche a la Guardia Civil.

Una fatídica noche, Pepe tuvo un accidente de tráfico, muriendo en el acto, dejando el vehículo para chatarra.   

 Ante tal fatalidad, el compadre retira inmediatamente la denuncia, dando por perdido el costo del automóvil; aconsejado por algunos vecinos, en un gesto de benevolencia van a visitar a su vecina “la Pinocha”; Alfonso fue el primero en dar el pésame a su vecina, y con socarronería por lo ocurrido con el coche, y dolido por la denuncia como antedigo, al dar el pésame a la vecina y oír que decían “Lo siento”. Él dijo la manida frase: “doscientos uno”, frase que como comprenderéis no sentó nada bien a la viuda.

La gota que colmó el vaso la puso la Alfonsita: se equivocó, o lo hizo a conciencia; en vez de decir: “Que haya conformidad”, soltó: “Que haya formalidad”; a lo que la Pinocha responde: “

- ¡Ya estoy hasta el mismísimo C… de vuestras impertinencias! ¿No voy a tener formalidad si está mi marío muerto? Vozotros seis los que nunca habéis tenío formalidad en toa vuestra puta vía!...     Y acto seguido cogió el moño de la Alfonsa y dando terribles tirones gritaba:    “ -¡Cabrona, más que cabrona!... que desde hacía muncho tiempo le estabas poniendo los cuernos a tu Arfonso con mi marío y er pobre “cornúo” sin enterarse…  Y er mío…  menos mal que se ha muerto y se irá de cabeza al infierno pa quemarse vivo por haberme hecho tan desgraciá… ¡guarra, más que puerca, ramera, hija de la gran p…!

La mayoría de los vecinos, jaleaban a la viuda, que estaba descocando a su vecina, gritando a su vez:     -“Chiquitilla, levántale la ropa seguro que no tiene bragas”       ¡Grandota: rómpele el moño, dale dos tortas!

Las dos fueron derechitas al cuartel de la Guardia Civil y solo dejaron salir a la “Pinocha” para que enterrara en paz a su infiel marido; siguió la gresca dentro de la celda del cuartel dado que el inocente y angelical marido, pedía a voz en grito explicaciones a su mujer y ella, que ya estaba caliente por la anterior pelea, le respondía con uñas y dientes, dejándolo como a un santo despintado.   La Alfonsa y su marido, pronto desaparecieron del pueblo sin dejar señas.

Cuando al cabo de los años me lo contó la Pinocha, todavía se vanagloriaba de la justicia que se tomó por su mano, aunque le costó el dinero por escándalo público.

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