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TIMO – TEO

TIMO – TEO

/Juan Moreau Tamayo

Con los ahorros que conseguimos mi difunta esposa (Lucía) y yo al regreso de Alemania, donde fuimos buscando una vida mejor, a principios de los años sesenta del pasado siglo, dado a que mis suegros nos cedieron un local comercial ubicado en la Avenida de la Paloma de la capital, Málaga, pusimos un negocio de mercería y perfumería, en la que nos íbamos defendiendo a pesar de que la competencia en esa clase de negocios era brutal, además en ser profanos en el oficio.

Tras un par de años de supervivencia, las cosas cambiaron para bien, al ser construida una nueva urbanización “Condotte”, compuesta de varios bloques de viviendas cerca de nuestra tienda, siendo personas de clase media, en un noventa por ciento Funcionarios del Estado, personal del Aeropuerto y algún que otro ferroviario.

Comenzamos a vender a crédito a esas familias que, al llegar el fin de mes, o a comienzo del siguiente, ajustábamos cuentas y pagaban lo adquirido puntualmente.

Y como se suele decir que “No existe felicidad completa”, la fatalidad hizo acto de presencia, y ocurrió que, el silencio de una noche invernal se vio interrumpido por un gran estruendo, haciendo estremecer a todo el vecindario y sus alrededores, debido a que un fuerte terremoto sacudió la tierra, seguido de un apagón eléctrico; tras ello lo podréis imaginar: gritos pidiendo auxilio, alaridos por doquier, desconcierto general, confusión, toque de sirenas de ambulancias y bomberos… En fin un caos tremendo.

En el bloque dos, de la citada barriada, se abrió una gran grieta desde la planta ático hasta el sótano y tan espantoso fue el crujido que se oyó a una distancia considerable; por suerte, no hubo que lamentar desgracias personales, pero los daños materiales fueron cuantiosos.     En el silencio de la noche, como dije, a oscuras, todos los vecinos de la urbanización corrieron escaleras abajo, dando trompicones, horrorizados, no sólo los de las viviendas afectadas, sino de todos los edificios colindantes; unos en pijama, otros en ropa interior…      Pasados unos minutos, los suficientes para vestirnos de prisa, nosotros corrimos también al lugar de los hechos, pero un cordón policial (esa noche, contra todo pronóstico, fueron muy rápidos en hacer acto de presencia), nos impidió acercarnos, y a otros curiosos que como nosotros mismos se agolparon allí.

Tras una larga noche de incertidumbre y comentarios, a la mañana siguiente fueron desalojados los vecinos de la urbanización, realojándolos en centros de acogida, edificios públicos del Ayuntamiento, viviendas de familiares, etc.

Con el desalojo de la barriada Condotte y su posterior demolición, todos los negocios de la zona sufrieron un gran descalabro, sobre todo, lo que como yo, teníamos a aquellos vecinos de clientes.      Un veinte por ciento de los deudores llegaron desde diferentes zonas de la capital y poblaciones cercanas, a abonarnos las cuentas que tenían en nuestros respectivos establecimientos, pero el resto no apareció, los que nos hicieron sucumbir tras una triste bancarrota.

Esta circunstancia me obligó a buscar empleo, encontrándolo en una desaparecida Empresa Inmobiliaria denominada “Sofico”, en un aparta hotel de su cadena: “Borbollón 2 en Torremolinos.

Mis cuñadas y una de mis hermanas quedaron al frente del negocio ya que mi esposa estaba en avanzado estado de gestación pero tras enormes pérdidas, pensamos traspasar el negocio, cosa que hicimos pronto pero con la mala fortuna de quien se quedó con el local lo destinaba para zapatería, viéndonos obligados a vender a precio de costo los artículos que teníamos en existencia.

Al olor de las impresionantes rebajas de precios, no solo todos los vecinos y habitantes de la zonas cercanas se aprovecharon de las ofertas, sino comerciantes de otras zonas de la ciudad, llegaron a nuestra tienda a hacer el Agosto aunque estuviéramos en Marzo.

y…  apareció Timoteo; un gitano rubio de muy bien ver, simpático, educado, amabilísimo y con una cartera llena de billetes.      A todos y a cada uno de los profesionales, para evitar desagradables sorpresas, le exigíamos la fotocopia del carnet de Identidad, que yo tomaba nota y retenía y comenzaba el regateo.      Un refrán español nos dice: “del árbol caído todos hacen leña”, todos,  mejor dicho, casi todos, querían aprovecharse ofreciendo menos aún de lo que nos costó.      Y digo casi todos porque Timoteo me ofreció comprar todos los artículos a precio de venta al público, sin regatear ni un solo céntimo en ello.

A mi señora, no le gustó nada el ofrecimiento y en una de las veces que se ausentó Teo, para cargar la furgoneta ayudado por un par de jóvenes de su misma raza, Lucía me comentó:

-Ten cuidado; si este hombre te abona la mercancía con el tanto por ciento de ganancia que tenemos nosotros, ¿Qué tanto por ciento ha de aumentar él en la venta? ¿No crees que esto puede ser blanqueo de dinero o dinero fácil procedente de la mercantilización de drogas?      No te fíes.

Corría el año 1.969; la compra total ascendió a la cantidad de unas cien mil pesetas que billete tras billete nos entregó, y que nos sirvió para callar la boca a todos los pequeños proveedores o sea a mis acreedores.   

Hablar de cien mil pesetas en el siglo veintiuno ya es importante; pensar tal cantidad hace 39 años, casi imposible. Cuando Timoteo se marchó dábamos saltos de alegría al pensar que vendría nuevamente una semana después.      Teo tenía la virtud de una fluida verborrea, de una simpatía innata, de una cultura aceptable, de un chiste “de gitanos” en el momento oportuno, de una seriedad y honradez demostradas (eso creía yo), de unas cantidades en efectivo bastante grandes, dado los difíciles tiempos que corrían en plena dictadura.    

Una semana más; más y más artículos que cambiaban de dueño con todas las de la Ley y aunque el pago era rápido y al contado Mi mujer, Lucía, con un sexto sentido me repetía una y otra vez que algo funcionaba mal dado a su singular manera de comprar… así continuó la venta dos semanas más.      A la cuarta vez de llegar a comprar, por una cantidad doble a lo acostumbrado, en el momento de pagar, busca la cartera-portafolios y no la encuentra; llama desde mi teléfono a su casa (o eso daba la impresión) y una voz femenina, tras unos momentos de espera, habla conmigo pues él seguía buscándola en la furgoneta todo preocupado.    La mujer del teléfono me aseguró que Teo no se preocupara, que la cartera en cuestión se la había olvidado en casa.

 

 

 

 

 

                                  

 

 

 

 

 

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