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LA PULGA

LA PULGA

/Juan Moreau Tamayo

No, no voy a hablaros de uno de esos insectos tan molestos que pueblan los estercoleros. "la pulga” era un alias que en cierta ciudad de nuestra provincia daban a una mujer que solo medía un metro treinta y dos centímetros, sin deformaciones ni taras, sino que no había crecido más y punto. Aparte de muy bajita, delgada y feúcha, tenía gracia a raudales; estaba de limpiadora en el Ayuntamiento de la Villa, y era conocida por la totalidad de sus habitantes. ¿Qué porqué le llamaban “la pulga”? Muy fácil, por su estatura. Cuando alguien le decía algo referente a ella se defendía atacando y el que osaba ofenderla, salía ofendido. Era de las personas que se ríen de su sombra; contaba, entre otras muchas anécdotas la de su nacimiento que fue (según ella misma repetía), como sigue: “- La matrona que asistía al parto de mi madre, al ver una criatura tan pequeña, le increpó: Pero Rafaela, ¿Qué es esto?...     Ella, incorporándose en la cama y viendo a un bebé de aproximadamente un kilogramo o menos, ¡-Ya ves! ¡una pulga!”

Hablando del marido era genial; lo comparaba con un ratón, con un enano (tenía un metro cincuenta), con un gnomo, con un mono tití…    Me decía: – el día de nuestra boda no podíamos subirnos a la cama de lo alta que era – y a mi pregunta de:  ¿- Entonces, qué hicisteis?      Nada, él se puso a cuatro patas, yo puse un pie en su espalda y salté.     Luego tiré de él para arriba…

Oye, “pulga”: ¿Cómo resultó lo demás? ¡Ay, estupendamente, porque no creas en nuestro mundo no todo es pequeño… ¡No me tires de la lengua, no me tires de la lengua…

En la Iglesia, todo un espectáculo; el cura esperaba en el altar, y al llegar la pareja preguntó: - ¡Bueno, ya están aquí los pajecillos, pero ¿Dónde están los novios? Ella respondió: - Aquí, don francisco; con lo guapo que es usté, qué lástima de que sea usté un hombre “desaprovechao”…   y entre risas y serio continuó la ceremonia.     Escucha, hermoso- me decía- con lo chiquitillo que es mi marío, tiene un par de cojones pa trabajá y si no pregunta a cuarquiera, cuántos días en el año se ha quedao parao; y con énfasis decía: ¡-Nunca!     Y mis niños, que son mu grande, a base de cesáreas.

No había indigente que, al acercarse a su puerta, no se comiera un buen bocadillo; estaba inscrita al curso de corte y confección, a la academia de baile español, al de cocina, a natación, a…     Vamos, que ella no se aburría ni los que estuvieran a su alrededor.

El personal de los servicios operativos del Ayuntamiento, embovedó un arroyo sin agua que pasaba por el centro del pueblo, dejando sin tapar uno de los registros que tenían de protección, dos raíles del tren, cortados, cogidos en los extremos con hormigón dejando un hueco de una gran estrechez.

Un día los chiquillos se fueron a jugar por las inmediaciones del lugar y uno de ellos se asomó al filo del mismo peligrosamente, resbaló, cayendo dentro, desde una altura aproximada de dos metros. Acude gran cantidad de gente; cada uno da su opinión de cómo sacarlo; la totalidad del pueblo-aldea está allí; pasa el tiempo, más de veinte minutos; van a por una escalera larga, la instalan en aquél pozo seco e intenta bajar un adulto; no lo consigue pues el hueco entre los barrotes resulta demasiado estrecho; el niño llora, quejándose de un brazo que tiene partido, lo que le imposibilita trepar por la escalera; llega “la pulga” y sin mediar palabra, introduce el cuerpecillo entre los barrotes, ladea la cabeza y desapareció en el hueco.

Pasados cinco largos minutos, emergen las dos cabecitas ante el regocijo de todos y los gritos de “la pulga” que se expresaba de esta guisa: - ¡Seis una cuadrilla de inútiles, incompetentes! Hay que pensá con la cabeza y hacer las cosas como era er que me hubieran llamao antes y ya estaría to arreglao. En vé de está mirando, se para er exprés y al hospital de Antequera.   ¿Veis que er sé tan chiquitina ha servío de argo?   El chaval en cuestión era el hijo del alcalde pedáneo.

Cuando se jubiló a los sesenta y cinco años de edad después de cuarenta de ocupación, la Corporación Municipal la propuso a recibir la medalla del trabajo, que le fue concedida; y el señor Ministro, en una gira por Andalucía se la impuso.

El Salón de plenos estaba a rebosar; toda la iluminación encendida, ella vestida con sus mejores galas, el señor Ministro la nombra solemnemente por su nombre y apellidos, y ella con la simpatía que la caracterizaba, interrumpe a la autoridad y concreta:   -Oiga usté, señó Ministro, si en vez de tanta retahíla hubiera dicho “La Pulga”, ¡to er mundo se hubiera enterao! –Se acerca al estrado y continúa: ¡Cuando usté quiera, “padrecito”!

Este responde: - En mi dilatada vida política me han dicho de todo menos “padrecito”, muchas gracias “pulga”.     Le impone la medalla que dicho sea de paso le llagaba casi a las rodillas, le da un par de besos, y al volverse se dirige al marido y le increpa: ¡Anda Manolo, ¿no me decías esta mañana que un hombre tan importante no me daría dos besos? ¡Pos ahí lo tienes, cuatro y casi me coge en volandas!  ¿Ahora qué dices?

En la aldea y en el pueblo el saludo de sus habitantes entre sí era, “Adiós, padrecito” … “Adiós, madrecita” Adiós…

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