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¡Estos Doctores!...

¡Estos Doctores!...

/Juan Moreau Tamayo

Los médicos en general tienen mala fama porque solo se habla de ellos, como colectivo; cuando alguno tiene un fallo, negligencia, despiste o falta, cosa injusta, ya que miles de estos grandes profesionales, realizan a diario su trabajo, con destreza, sabiduría, vocación, responsabilidad y maestría, salvan vidas que se dan por perdidas y tienen en su haber la satisfacción y el agradecimiento de la mayoría de sus pacientes.

Pero centrémonos en hechos puntuales: Don Manuel, a quien encantaba el arte “culinario”, que no tiene nada que ver con el lugar del cuerpo donde la espalda pierde su casto nombre, sino con el grandioso arte de la cocina, estaba destinado en un pueblo enclavado en los montes de Málaga, lugar tranquilo como el que más; en sus ratos libres sintonizaba una emisora de radio malagueña (desaparecida), “Radio Voz”, coincidiendo con el programa de cocina que protagonizaba un “Master Chef” de lo mejor de la tierra.

El fantástico cocinero, radiofónicamente, empezó a enumerar los ingredientes de una apetitosa comida y el médico, al no encontrar papel limpio a mano, lo escribió en una de sus recetas.      Tras haber anotado el tiempo de cocción, forma de ejecutarla, y todo lo referente a la realización del plato…

Llega un paciente; lo reconoce, ausculta y una vez diagnosticada la dolencia, receta la correspondiente medicación y le entrega por equivocación la que no era y despide a la persona para, como es natural, vaya a la farmacia a adquirirla.      Y… cual sería el asombro que pregunta al señor:

“¿- Qué es esto?  -No lo ve usted, una receta.                     

-Sí, una receta si es, ¡pero de cocina!

 

¡Ay! ¡Las confusiones médicas!  En mi pueblo, estando Don José extendiendo una receta a un vecino, lo interrumpe una llamada de teléfono y tras hablar un rato de la finca de su propiedad con el que se encontraba al otro lado de la línea telefónica, entregó la receta antedicha al vecino para adquirirla en la farmacia, y… ¿sabéis lo que recetó?...   ¡Un camión de estiércol!

Más reciente: estando Don Antonio con un paciente, es llamado a su teléfono móvil para hablarle del vehículo que se quería comprar; escribía y contestaba a unísono y al terminar, entregó lo prescrito a su paciente.      Tras descifrarlo, el farmacéutico pudo entender: “Automóvil Seat León, cierre centralizado, elevalunas eléctrico, airbag…   etc., etc., etc…

Esto, se cuenta como anécdota y es tan verdadero como la vida misma; en Álora se presenta en la consulta, un individuo, todo aturdido, apretándose un costado y dice al médico: -¡Doctor, vengo hecho polvo! . Un burro entero que tengo, me ha dado una coz enorme.     El médico al no apreciar a simple vista el lugar del cuerpo donde auscultar, pregunta: “¡¿- Dónde, ¿¡dónde ha sido!?” A lo que el paciente responde:  -No ha sido aquí, ha sido en Casarabonela.

A un paciente renal le han de poner una sonda y se envía a su casa para vigilancia familiar ya que la dolencia no era grave y lo fácil que era cambiarla.  Se le encarga por tanto a la esposa que cambie la susodicha bolsa cuando esté casi llena, ella asiente y los sanitarios regresan a su lugar de trabajo.      El enfermero de turno de urgencia, recibe una alarmante llamada de esta guisa:   Soy la mujer de Frasquito: La bolsa que me han traído no funciona y mi marido está con el vientre muy inflamado y con muchas ganas de orinar y no le sale ni una gota.

Se personan a toda pastilla en el domicilio que le indican y se encuentran con la sonda en perfecto estado y la bolsa vacía y es que la buena mujer al conectar al tubito correspondiente, no le había quitado el tapón.

El médico titular de un pueblecito enclavado en la costa occidental de nuestra provincia, se encontró un día con un caso inusual, que resolvió con ingenio.      José era uno de sus pacientes que estuvo en la Gloriosa Legión Española toda su vida; arrogante y valiente, algo que demostró con creces; licenciarse fe para él un trauma, entrando en una gran depresión y a veces en una esquizofrenia leve.        Don José Luis, una fría mañana de enero, fue llamado con urgencia por los agentes del Orden Público; en la plaza del pueblo estaba un hombre completamente desnudo y con gran agresividad, que no había guardia local o civil que se le acercara.

Mi buen doctor llega a la plaza y asegura que es su paciente.    Sin pensarlo mucho, pone en práctica un eficaz remedio que dejó boquiabiertos a todos los presentes que en gran cantidad se agolpaban a una distancia más que prudencial, a la espera del desenlace:

- ¡Atento, firme… ar! 

El legionario obedeció, alzó la mirada al cielo, sacó el pecho, se puso rígido, sin mover un solo músculo.      El doctor continuó:

- ¡Derecha… ar!

 Un taconazo le indicó que la orden había sido aceptada, ya que las únicas prendas que llevaba el demente eran unas botas de reglamento.

¡- De frente paso ligero… ar!

Y por la calle que vivía José desaparecieron médico y paciente, con un caminar rápido y acompasado, a ciento veinte pasos por minuto.

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