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Lean, no se lo pierdan

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Generación H

por agenciafebus

Por: Teresa Cabarrús, corresponsal en Inglaterra.

Uno de los efectos secundarios del aislamiento por la pandemia que estamos padeciendo es la sed de hedonismo. Y Gran Bretaña no es una excepción, sino la regla. No escapa a los efluvios. 

La reapertura de bares y restaurantes el 4 de Julio marcó el discurso del Primer Ministro Boris Johnson el pasado Viernes. Sabedor de la idiosincrasia nacional, en una breve rueda de prensa, Johnson llamó al comportamiento cívico y advirtió del peligro del virus, aún latente en todo el país. Al mismo tiempo afirmó que no dudaría en imponer inmediatamente una nueva cuarentena si fuese necesario, dado el incremento preocupante de la tasa  de contagio. 

Tal es la situación de riesgo real, pero una gran mayoría de la población ni lo asume ni quiere asumirlo. Prefiere evadirse. Como ejemplo, baste la noche del  Sábado 4 de Julio. Se consumieron cerca de 15 millones de pintas de cerveza (casi 9 millones de litros) solamente en Inglaterra después de 104 días de confinamiento. A lo largo y ancho de la nación, como plaga de langosta, vastas aglomeraciones de gente se han extendido por calles y carreteras incumpliendo la normativa de distancia interpersonal y regulaciones higiénicas. En el Soho londinense no se podía respirar ni cruzar. Una inmensa muchedumbre adosada sobre sí misma bloqueaba el paso, vaso en mano. 

Salvo algunas honrosas excepciones, todo acabó como el rosario de la aurora. Muchos pubs tuvieron que cerrar pronto debido a riñas, altercados violentos y borracheras sin límite que arriesgaban la seguridad del resto de los parroquianos, verbigracia en Nottinghamshire y Leicestershire, en la Inglaterra Central.

Las directrices del gobierno permiten la reunión de miembros de dos casas distintas dentro de los bares y restaurantes siempre que mantengan un metro de distancia del resto. Asimismo autoriza grupos de hasta 6 personas de diferentes viviendas a citarse en el exterior. Los pubs no pueden abrir antes de las 6 de la mañana.

Inmediatamente después del Decreto de Aislamiento Obligatorio y Auto-reclusión, un fenómeno constante en vías públicas, parques, jardines, casas, edificios abandonados, polígonos industriales, aparcamientos de supermercados, parajes apartados y espacios urbanos diversos es la celebración de fiestas ilegales. ¿Quiénes incumplen la ley? Una nueva generación: la Generación H; H de Hedonista, claro está.

Desde el 23 de Marzo de 2020, la policía británica ha estado muy ocupada en acabar con celebraciones ilícitas vecinales y comunales que se han disparado de la noche a la mañana. Cientos de ciudadanos han llamado al servicio de emergencia - y siguen llamando-  por las molestias y el caos que se suceden con frecuencia. 

El ansia de divertirse no es un caso aislado consecuencia del contexto en que vivimos. No sólo se trata de acudir a juergas improvisadas  y convocadas  a través de las redes sociales, sino también de episodios demoledores que hablan de una sociedad enferma, carente de valores y que flaquea en mantenerlos.  Es un cóctel molotov que ya ha sido arrojado y el paisaje social británico actualmente es muy volátil. 

Para las fuerzas del orden, mantenerlo les está saliendo muy caro. ¿Razones? La falta de apoyo sólido e incondicional de todas las instituciones, la escasez de recursos humanos,materiales y económicos, los constantes ataques físicos de una virulencia nunca vista a que se ven sometidas, la tibia defensa de algunos medios de comunicación y el asedio de las biempensantes plataformas antisistema y activistas sociales más...La Generación del Hedonismo. La Generación H. 

Esta nueva casta se nutre de una miscelánea generacional, aunque su base está compuesta esencialmente de jóvenes adolescentes tardíos y de quienes han alcanzado la treintena; orbita y gravita sobre la impaciencia y la fatuidad. Se achanta ante la adversidad y la niega. Conjuga el mundo en primera persona y cree a pies juntillas que la corrección política es la salvaguarda de la civilización. Su único mérito es haber destruido el lema churchilliano de sangre, trabajo duro, sudor y lágrimas. Se quedó sólo en lágrimas.

El pasado 14 de Junio, Manchester se llevó la palma. Alrededor de 6.000 personas acudieron a dos raves ilegales, bacanales del siglo XXI en que la juventud baila y se divierte al son que los supremos sacerdotes del sonido dictan mediante música electrónica. Normalmente el alcohol y las drogas de todo tipo corren y fluyen entre la caterva. Y así  pasa lo que pasa. Esta vez una violación, una muerte por sobredosis y tres personas apuñaladas. Acudió la policía y el comité  de bienvenida le dispensó una calurosa lluvia de piedras y otros objetos amén de palizas y persecuciones. El portavoz policial, el subcomisario  Chris Sykes, explicaba que "claramente se había quebrantado la legislación sobre la pandemia y que la policía del Distrito Central de Manchester había recibido más de 1.500 llamadas en el servicio de emergencia. Que "el buen tiempo había sacado a la gente fuera de sus casas y muchos incumplieron las reglas del aislamiento que prohíben las reuniones de más de 6 personas de diferentes lugares. Que la ratio de infección en el Noroeste es aún motivo de gran preocupación ".

Yendo hacia el Sur, en Staffordshire, otro evento musical desautorizado fue  cerrado.

En Birmingham, más de 500 personas fueron dispersadas. Mientras que en  Leeds,Noreste de Inglaterra, cientos de personas en sus coches se agruparon ilegalmente en el parking de un centro comercial.

Con todo ello, no sorprende que los cuerpos de seguridad del Estado se quejen de lo desamparados que están. Desde que el tiempo ha mejorado, los jolgorios al fresco han aumentado en progresión geométrica; casi diariamente los titulares de prensa se despachan con el anuncio de que una gran cantidad de agentes han sido heridos de gravedad cuando trataban de clausurar y dispersar festejos callejeros y raves ilegales. En las últimas tres semanas, 140 están hospitalizados. Anteayer siete oficiales fueron heridos graves en Londres. Y la lista crece.

Ladrillos, bates de beísbol, palos, latas, contenedores y apaleamientos a  antidisturbios son el pan nuestro de cada día en muchas localidades. Sólo en Londres, el pandemonio desatado en Brixton, Maida Vale, Clapham y White City es suficiente para reconsiderar el papel, la eficacia y la eficiencia de las autoridades, por no hablar del oportunismo descarado del Alcalde de la capital, Sadiq Khan. Éste, en clara venganza tras ser reprendido por su inoperancia e inacción ante los persistentes y reincidentes disturbios callejeros, ha recortado 110 millones de libras esterlinas del presupuesto de la Policía Metropolitana, horas después de que la Ministra del Interior, Priti Patel, y la Jefa de la Policía Metropolitana, Cressida Dick, acordaran un plan contundente para liquidar la proliferación de actos festivos prohibidos. 

El problema ha alcanzado dimensiones de horror. Existe una verdadera alerta sobre los disgustos y contratiempos causados por una horda de jóvenes "socialmente hambrientos". Asistimos atónitos a una insurrección del placer por el placer y ciertamente es el verano de nuestro descontento.

Si nos detenemos a pensar sobre el asunto, ¿qué diferencia a la Generación H del resto y por qué? Una sucesión de letras del alfabeto y un siglo median entre la Generación Perdida (1918-1929) y la que nos ocupa en este artículo. La primera fue testigo de una guerra mundial de consecuencias devastadoras y se empeñó en olvidar sus efectos secundarios. ¿Cómo? Fabricando una de las décadas más fértiles en la creación artística: Los Felices Años 20. Arte, literatura, apogeo del Jazz, emancipación femenina, cambios sustanciales de usos y costumbres y diversión a toda costa y sin prisioneros estaban presentes y sirvieron de instrumento para superar el pesimismo y la nube negra tras la contienda. Hubo momentos en que el fin justificaba sus medios. Se trataba de olvidar, pero la tabla de salvación les llevó a puerto.

Desde aproximadamente 1929 hasta hoy, los sociólogos han encontrado seis segmentos generacionales que han definido casi un siglo y, a la vez, han sido definidos por éste: la "Generación Silenciosa", pasando por las "Baby Boomer", X, Y, Z y T. Con este panorama, Darwin podría haber escrito "La Devolución de las Especies", pues se percibe una cuesta abajo en la percepción y mantenimiento de valores fundamentales y una sobreestimación de los que no lo son, así  como la ausencia de una brújula moral sólida y la instalación y afianzamiento de la autogratificación.

Pero todo empieza y acaba en casa. Para ilustrar este punto, tomemos un programa llamado "Los padres más estrictos del mundo" que emitió BBC3 entre 2008 y 2011. Chicos malcriados y consentidos, cuyas edades oscilaban entre los 18 y 25 años, procedentes de  familias inestables y disfuncionales o simplemente  pusilánimes,eran enviados a otros países en una especie de intercambio mediante el cual las experiencias y la educación que recibirían les convertirían en personas de provecho y de credenciales morales más que respetables.  La familia anfitriona solía ser siempre más estricta y no se andaba con chiquitas. Su perfil, aunque  comprensivo cuando la situación lo requería, no menoscababa las clases de sextante vital que pretendían impartir. El resultado era frecuentemente positivo. Una verdadera lección que a veces nos recuerda el título de la novela de Scott Fitzgerald, "Hermosos y Malditos".

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