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LA MALDICIÓN

LA MALDICIÓN

Junto al puente del río Guadalhorce, acampó una “troupe” de gitanos “titiriteros”.   Una cabra, una jovencita, rulos de madera y poco más, eran los elementos necesarios para el gran acontecimiento vespertino.

 /Juan Moreau Tamayo

Llegaron varios miembros de la misma, a la aldea, distante del lugar de acampada unos trescientos metros, y a grito limpio anunciaron el maravilloso espectáculo circense, el más grande y fantástico de todos los tiempos.    Una jovencita, repito, casi una niña, se acerca a nuestra casa acompañada de un hombre de unos cuarenta años que algo reacio a ser reconocido se mantenía a distancia, bajando la cabeza como avergonzado.

Tenía una enfermedad horrible: una parálisis en las manos, agarrotadas, secas, que quería ocultar a toda costa.    Mi madre se acercó a él comprobando que dos lagrimones rodaban por sus mejillas.   –Señora- dijo, una limosna por el amor de Dios; ella lo mira a la cara y le pregunta:                    ¿-acaso eres José, el hijo de Dolores? Te pareces mucho…    ¡-Sí, sí, yo soy… ¡la maldición de mi difunta madre se ha cumplido.

 

La Guerra Civil (1936-1939), en los pueblos pequeños se vivió de una forma muy particular; los más exaltados se unían a los “comités locales” de uno u otro “bando”, para vociferar y tomarse la justicia por su mano, y… desgraciadamente llevar al paredón a los vecinos que no eran de su agrado. Una verdadera masacre.

 

Dolores tenía dos hijos; uno, José muy de derechas, de los “Nacionales” como se denominaron los adictos al “Movimiento Nacional” y el otro, Paco, Jefe de la “Asamblea Local Revolucionaria”.    Paco, no hizo nada más que gritar en el único bar de la aldea, que estaba situada en el extremo norte de nuestra provincia malagueña, amenazando a los pudientes (que dicho sea de paso habían desaparecido), aparte de dar batidas por los cortijos, saqueándolos y buscando si aún estaba el señorito allí o en sus alrededores.

“Joseíco”, el hermano, discutía con él continuamente diciendo en más de una ocasión: ¡-Ya llegará nuestra hora; nuestra revancha está cerca! 

No pasado dos años, el pueblecito fue tomado por los que se decían nacionales y Paco, en unión de otros muchos vecinos huyó a la sierra temeroso de las represalias.

 

¡Ya había llegado la tan esperada hora de José! y éste, fue señalando con el dedo a los vecinos que no le cuadraban o a sus familiares, -mujeres, niños o ancianos- ya que el cabeza de familia estaba en las trincheras, matando a pobres inocentes y pensando si la siguiente “descarga” fuera la de él como víctima.

 

 José, siguió implacable en su criminal tarea, cargando de muertes y más muertes su podrida conciencia.  

 

Su hermano, al vivir a la intemperie, ya que las cuevas cercanas de nuestra sierra Penibética estaban muy vigiladas por el “enemigo”, corriendo por los montes escarpados de un lado a otro, mal nutrido, siempre en vela con el miedo en el cuerpo, bebió agua contaminada que le produjeron las tan temibles “calenturas maltas”, refugiándose en su propia casa.    Saltó la tapia del corral, siseó a su madre quien pronto lo llevó a la cama, en una habitación que estaba vacía, tapiando la puerta con un mueble no muy pesado, y empezó a cuidarlo con lo poco que tenía; un caldito caliente y una pastilla antifebril.

 

Aquella tétrica noche, llegó José a su casa borracho como una cuba; preguntó a su madre qué hacía el mueble tapando la puerta y al saber que su hermano estaba allí, gritó: ¡Ya ha llegado mi hora, ahora es el momento de la venganza!    Salió corriendo, se dirigió al cuartelillo y dijo al Jefe:                ¡- Venid a mi casa, tengo un peligroso conejillo atrapado en ella…

 

A tirones sacó al hermano de la cama y lo entregó al piquete de ejecución para que lo fusilaran y sirviera de escarmiento a los demás “rojos”. La madre, suplicante, pedía a José hecha un mar de lágrimas, que no lo entregara, que era su propio hermano, sangre de su sangre…

 

Él, tiraba del enfermo casi a rastras, hasta llegar donde esperaban los demás “compinches”, lo esposaron y a tirones, patadas y bofetones lo sacaron de la vivienda.    Cinco minutos más tarde, una ráfaga de ametralladora rompió el silencio de la noche en aquella sosegada aldea.     La madre desesperada gritó: ¡¡¡-Permita Dios que se te sequen las manos, esas manos que han sido tan criminales; tienes cerdas en el corazón!!!    ¡Eres como Judas, que entregó a Jesús con un beso!    ¡Maldito seas, hijo, maldito seas!...

La maldición se cumplió y José estuvo penando con las manos secas hasta su muerte que ocurrió hace bastante tiempo.

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