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La misma canción, escandida por el eslogan de Torres López: ¡Gibraltar español!

La misma canción, escandida por el eslogan de Torres López: ¡Gibraltar español!

Un adelanto de "Galgo corredor", el nuevo libro de Dragó

por agenciafebus

GALGO CORREDOR. LOS AÑOS GUERREROS (1953 A 1964), Ed. Planeta.

El libro estará en las librerías, a disposición de los lectores, a partir del 7 de julio del año en curso.

UN FRAGMENTO DEL SEGUNDO CAPÍTULO (págs. 82 a 94)

     Vuelvo ahora a la universidad, a la Casona de San Bernardo, a la calle Ancha... El mundo, mi mundo, iba a saltar por los aires.

     25 de febrero de 1954, lunes... 

     Unos días antes, la reina Isabel de Inglaterra, que se disponía a visitar o estaba ya visitando, uno por uno, todos los países y colonias de la Commonwealth, anunció que ese viaje de Estado la llevaría a Gibraltar.

     Cundió la indignación en toda España, especialmente en las filas de quienes habían ganado la guerra civil, y el Régimen, bajo cuerda, porque así lo exigía el protocolo de las relaciones diplomáticas, decidió mesar las barbas de la pérfida Albión orquestando una protesta callejera.

     Durante todo el fin de semana corrió la especie, propalada por los micrófonos de radio macuto y los megáfonos de la Falange, de que el lunes habría una manifestación frente a la Embajada inglesa. La convocatoria no era oficial. Sólo había rumores. 

     A las nueve, como todos los lunes, Antonio, Paco, yo y varios centenares de alumnos de primer curso de Derecho aguardábamos, sentaditos en nuestros pupitres, la llegada de Torres López. 

     El Aula Magna estaba a rebosar.

     Entró por fin en ella don Manuel, empuñó el micrófono y, apagando el runrún del recinto con el poderío de su vozarrón, dijo:

‒Hoy no hay clase. Están ustedes autorizados a unirse a la manifestación. Yo seré el primero en gritar...

     Era un buen actor. Hizo una pausa, brevísima, y remató la frase:

‒¡Gibraltar español!

     Pan para nuestros dientes. No hacía falta más.

     Si Torres López, que era el Decano de la Facultad, lo decía...

     Nos pusimos al instante, todos a una, de pie, recogimos nuestros bártulos y salimos en masa al pasillo. Lo llenábamos. Fuimos abriendo otras aulas. Sus ocupantes se nos unían. Bajamos por la escalinata. Era un hervidero. Salimos a la calle. No sé de quién fue la idea de que nos dirigiéramos hacia la Ciudad Universitaria. Lo hicimos. Faltaban aún tres horas para la de la manifestación, convocada a las doce. Cada vez éramos más. La gente nos vitoreaba por la calle. Al pasar frente al Instituto Lope de Vega salieron los chicos que estudiaban en él y se incorporaron a aquel río de humanidad en marcha. Coreábamos a pleno pulmón la consigna lanzada por Torres López: ¡Gibraltar español! En esa reivindicación estaban, por fin, de acuerdo las dos Españas.

     No duraría mucho tal concordia. El efecto boomerang la desbarataría y agudizaría a la vuelta de unas horas. La manifestación resultó ser iniciativa de dos filos y bomba de percusión retardada que sacudió en loor de multitud, por primera vez desde el fin de la guerra, los cimientos del Régimen. Éste se agrietó un poco, aunque no se derrumbaría hasta la muerte de quien lo encabezaba. Entonces lo hizo, contra pronóstico, en un amén. ¿Era a eso a lo que el Caudillo se refería con su célebre frase de que todo quedaba bien atado? Seguro que sí.  

     Subimos hacia la glorieta de San Bernardo y torcimos, una vez en ella, hacia la izquierda. ¿Glorieta? Pues sí, porque aquel día gloria, en efecto, daba verla y yo, como tantos otros, sentí el aroma de la misma y pisé los ribetes de la inmortalidad. Grande fue mi exaltación en tan inusual algarada.

     No exagero. Pensé, al llegar al borde del ensanche y mirar, desde su altura, hacia atrás, que aquello era como la toma de la Bastilla, como el asalto al Palacio de Invierno, como la proclamación de la República...

     Estrecha parecía la Calle Ancha para semejante gentío. Yo iba en andas de él y de mis novelerías. Canturreé para mis adentros la Marsellesa: Les jours de gloire ont arrivé! 

     ¡Vaya si habían llegado! Pronto lo comprobaría. El buen chico estaba a punto de dejar de serlo. Moría Nano, nacía Dioni. Éste, en realidad, como dije, ya lo había hecho el mismo día de mi inscripción en la universidad, pero aún iba a gatas. Los acontecimientos de aquel 25 de enero me destetaron. Renuncié al tacataca. Me puse la vida por montera. Descubrí mi vocación de agitador. Luego, ya en la edad adulta, la perdería. Hoy la detesto. La adolescencia es una enfermedad y la juventud una impostura.

     Último tramo de los bulevares. Princesa. Moncloa...

     Arreciaba el frío, pero ¿quién lo sentía?

     También pensé en Stravinsky. Muy pocos días antes había escuchado y apreciado La consagración de la primavera en un concierto de los que a la sazón se daban en el Palacio de la Música. Creo que lo dirigía el gran Ataúlfo Argenta, que cinco años después moriría follando con una francesita friolera en el garaje de su casa de Los Molinos. Eso dice la leyenda.

     No me hago eco de tan malicioso rumor, salido de los mentideros de la corrala ibérica, por voluntad de injuria, sino de lujuria y, también, de elogio. Puesto a morir, mejor hacerlo de ese modo. 

     Corría enero y la sierra de Madrid no se anda con chiquitas. Es de suponer que los dos anduviesen ligeritos de ropa. Sobre todo, ella. Encendieron la calefacción del coche y el monóxido de carbono hizo el resto. Muy apremiados por lo que no tiene enmienda debían de andar para liarse a carantoñas en la cochera en vez de subir al dormitorio o, por lo menos, al sofá en el que doña Inés perdió la virtud. Quizá fue un episodio de eso que ahora llaman parafilias. Follar en un coche tiene su aquel. Yo, en mis mejores años, lo hice a menudo. Al Seat 600 de mi padrastro, que mi madre me prestaba sin que él lo supiera, lo llamé años después en un artículo seat-appeal.

     Insisto: no se me ocurre mejor forma de abandonar el mundo, el demonio, cuando resopla, y la carne, cuando sus frescos racimos echan un órdago.

     Así murió el poeta italiano Ungaretti, a horcajadas de una sobrinita. Él tenía ochenta y dos años. 

     Así murió, en un burdel, no sé qué celebre cardenal de Francia. ¿Era Danielou? No lo recuerdo. Las enciclopedias no lo dicen. Son muy recatadas. Quien esté libro de pecado... 

     Nunca, desde que con Lola, la criadita, pasó lo que pasó, he creído que los del sexto mandamiento lo sean. 

     El rostro de Ataúlfo Argenta, que era hombre agraciado, recordaba, a veces, el de mi padre. Quizá por eso, sin darme yo cuenta, le tuve ley. Los dos murieron antes de que su vida alcanzase la velocidad de crucero. El músico aún no había cumplido cuarenta y cinco años. A mi padre lo pasearon el día en que pisó la raya de los veintisiete. No fue un happy birthday. Yo nací tres semanas después. 

     Estábamos en la Moncloa. Pasó por allí, junto a nosotros, un camión cargado de piedras. Aquello fue providencial. Seguro que lo enviaba un ángel desde el cielo de los rebeldes. ¿El de Durruti, el de José Antonio? Habían sido los dos ramas del mismo tronco o a tal conclusión, por lo menos, llegaría yo después de leer unos meses más tarde Los cipreses creen en Dios. Eran, al fin y al cabo, los falangistas quienes habían puesto en marcha el reloj de la manifestación.

     Nos abalanzamos sobre el vehículo, que, así rodeado, tuvo que  parar. Todo el mundo, y yo también, se llenó los bolsillos del gabán con las piedras por él acarreadas. Siguió la marcha. Fuimos de Facultad en Facultad: Farmacia, Medicina, Ciencias, Letras... Los estudiantes se nos unían. Todos, a coro, cantábamos una canción cuya letra, seguramente, se había escrito pocas horas antes en cualquier covacha falangista: Ya viene el verano, / ya viene la fruta, / ya llega la reina de los hijos de puta...

     La música, de todos conocida, era la del «tururururú, / cuando mueras  / ¿qué harás tú?».

     Regresamos, una vez terminada la ronda, al centro de la ciudad. Otra vez Princesa, los bulevares, Génova, vista a la izquierda... ¿Adónde, en aquel momento, si no?

     Y siempre, a grito pelado y con sonsonete de charanga, la misma canción, escandida por el eslogan de Torres López: ¡Gibraltar español!

     La embajada inglesa se alzaba en una esquina de la calle de Fernando el Santo. Los grises la habían acordonado. Su actitud no era amistosa. Algunos iban a caballo, y eso imponía.

     Aquello nos sorprendió. No lo esperábamos ni lo entendíamos. Las autoridades jaleaban la manifestación y, al mismo tiempo, la reprimían. ¡Pandilla de hipócritas! ¡Tirar la piedra y esconder la mano! Pues muy bien. Seríamos nosotros quienes, sin ocultar lo segundo, recurriríamos a lo primero. La manifestación iba a convertirse en sublevación. No es fácil cerrar la caja de Pandora una vez abierta ni devolver el genio a su botella de angosto cuello.

     Echamos mano a los bolsillos. No nos faltaba munición. Empezó la pedrea. ¿Contra los cristales de la Embajada? No. Contra los grises. Su paciencia se colmó. Contraatacaron. Yo estaba ebrio de emoción. ¡Por fin una aventura! Retrocedíamos y volvíamos a la carga. Una y otra vez, una y otra vez.

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