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De la despedida y el volver

De la despedida y el volver

Por su interés repetimos este artículo

/Antonio Gómez Pérez

Que todo cambie para que todo siga igual, ese fue el axioma del que el escritor Lampedusa partió en su obra El gatopardo. Algo así está pasando en España y también en todo el mundo. Si algo nos enseña la historia es que se repite más que una ingesta de ajos. La abdicación real ha pillado a muchos con el pie cambiado, tanto es así que incluso los republicanos han salido a la calle, de bulla y corriendo, para reivindicar que la bandera de los tres colores sustituya a la rojigualda de una vez por todas. Y acabar así con el azul que corre por las venas de los inquilinos de La Zarzuela.

 

Se habla de reforma constitucional para dar fin a la monarquía parlamentaria que para muchos es la mejor forma de gobierno. Otros no lo creen de esta forma. Y unos pocos incluso atribuyen a la hipotética república española  todas las bondades habidas y por haber. ¿Exceso de idealismo quizá?

 

Cierto es que en España, según qué pensamientos, las calles tienden a convertirse en mareas de personas reivindicando causas que consideran de justicia social. En este caso se trata de un referéndum que sirva para zanjar las discrepancias que existen entre monárquicos y republicanos… y enterrar de una vez por todas las diferencias que existan. Ya dijo Rubalcaba, sin querer decirlo, que en España sabemos enterrar muy bien. Quizá  esto sea válido con las personas, pero no tanto con las discrepancias.

 

En cualquier caso Felipe VI, que salvo cambio radical será proclamado Rey de España, tiene un papelón. Dicen que la monarquía ha de afrontar nuevos retos. Y en el ambiente  se capta la sensación de que todo quedará en un discurso que suene bonito, pero que en el fondo buscará la supervivencia de todo cuanto está en vigencia. De ser así oiremos palabras caducas e ideas seductoras que serán como los espejismos en el desierto.

 

Entretanto se extiende la sensación del cambio de ciclo en el panorama económico. Ya no se habla de la temida prima ni de las agencias de calificación. Las colas del paro se van haciendo más cortas, pero solo durante algunos meses del año que tiene demasiados. Sobre todo para los que emplean su tiempo en una búsqueda infructuosa.

 

En nuestro país, que tiene como gran aliado el sol, sigue siendo el turismo el que tira del carro. Desgraciadamente, son demasiadas las personas las que están dentro de ese carro y el arreón que este sector está pegando no es suficiente como para superar la pesadilla del desempleo. La faena se está alargando más de la cuenta y aún hay demasiadas cartillas del paro que sellar como para quedarse parado. Esperemos que no suenen más avisos de los que ya hemos oído.

 

 ¿Dónde se quedó el cambio de modelo productivo? Me da la sensación de que hay muchas cabezas cuadriculadas que solo piensan en volver al ladrillo. Y a mí, que tuve que cambiar el sol de Málaga por la lluvia intempestiva del triste Manchester, nada me provoca más susto que ver cómo pasa el tiempo sin que los cambios lleguen. A lo mejor, dándole una vuelta a lo que dijo Shopenhauer, el problema es que no somos conscientes de que este mundo en el que vivimos es fruto de nuestra voluntad y representación. Todo cambio está siempre en nosotros.

 

Mientras espero con mucha ilusión el avión que me lleve de vuelta a casa, pienso en todos los retos que me quedan pendientes. Y unas palabras resuenan en mi mente con la célebre melodía del tango de Gardel:  “Aunque el olvido que todo destruye haya matado mi vieja ilusión, guardo escondida una esperanza humilde que es toda la fortuna de mi corazón. Volver…”

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