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El verano acecha

El verano acecha

 

 

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El verano acecha

                                                                                                                         /por agenciafebus

Acabo de volver a casa. Por el camino, asfixiada por el calor y la mascarilla, venía dándole vueltas al tema de este editorial. La actualidad me aburre y no encuentro en ella ni inspiración ni consuelo, así que renuncio a hablar de cuanto acontece en el mundo. El caso es que volvía preguntándome qué escribo, qué digo, qué cuento... Como siempre, el tiempo apremia y tengo que ventilar esta columna rapidito, que ya estamos a martes y en menos de veinticuatro horas han de leerme. En el editorial del último número alabé la maldad y la vileza del verano y todo lo que conté me supo a poco. Así que, agobiada por no encontrar un asunto decente, me dejé llevar, cuesta abajo, por la calle que conduce a mi casa y reparé, sin querer, en una mujer mayor que, sentada en uno de los bancos de la calle, miraba con placidez a su perro y festejaba cada una de las cabriolas que el animalito, lleno de energía, daba sobre el asfalto. Quiero ser vieja, pensé mientras sujetaba las bolsas de la compra. Quiero pasear un perro, sentarme toda la tarde, a la fresca (es un decir), en uno de estos bancos y no tener prisa por volver a casa. Me quedé detrás de la señora un buen rato. Contemplando su calma. Envidiándola, incluso, mientras el helado que yo había comprado media hora antes se derretía poco a poco en el interior de su paquete. La situación era cómica: un chucho saltarín, casi cuarenta grados a la sombra y en plena canícula, una vieja sentada en un banco, y yo, como un espectro, plantada firmemente tras ella. En medio de esa escena, moví mis brazos con la intención de reactivar mi circulación, duramente castigada por el peso de las compras y, sin querer, le hice sombra. Vaya, pensé, con la fama que tenemos los millennials, creerá que estoy loca. Ella se dio la vuelta y me dijo: hola. 

Tiene un perro muy gracioso, respondí yo queriendo ser simpática. Y la mujer añadió: es joven como tú, pero no tiene unos ojos tan cansados como los tuyos. Primer derechazo. Mucho calor y demasiado trabajo, respondí. Nada de eso, replicó, es el verano, maligno, que nos mata a todos. ¡Tate! Hablaba yo del maligno y parió la abuela: por fin alguien que opina como yo. Un oasis. Un rayo de luz que rasga las tinieblas veraniegas. Y encima en mi barrio. Dejé rápidamente las bolsas en el suelo y me senté a su lado (con distancia, sí. No se encocore nadie). Quise invitarla al helado que había comprado, pero ya era caldo. Así que la miré con ojos golositos, pidiéndole más argumentos. Y llegó el segundo derechazo con sorpresa incluida: la señora, que resultó ser un rostro conocido, y ahora retirado, de esta nuestra profesión, me regaló, además de charla y complicidad, el tema de este editorial. A cambio, prometí no revelar aquí su nombre. Vino a decirme que la sensibilidad y la simpatía de los seres humanos no han de ser directamente proporcionales a su capacidad para entenderse con el diabólico verano. Amén. Lo que dicen las mayores va a misa de doce. De todo ello se infiere que yo, persona absolutamente negada para manejar todas y cada una de las gracias del estío, también puedo ser simpatiquísima y sensibilísima. Lo mismo el perro saltarín y enfebrecido por los cuarenta grados, la vieja periodista del banco y el helado derretido que no pudo superar media hora de trayecto y charla.

A pesar de todo, y refugiándome en lo autobiográfico para no perderme por los laberintos de la sociología, quiero confesar que en la ya larga historia de mis quebradizas relaciones con el verano, he fracasado también en la edición estival que acabamos de estrenar. Ando, pese a los consejos de la vieja, algo blanda de remos. ¿No sienten ustedes que, con el verano, se va también una parte de sus vidas para nunca más volver? ¡Pero si hasta el director deja plantada La Retaguardia para buscar amoroso refugio familiar en tierras sorianas!

Verano... Señor, aparta de mí este cáliz. Ahora, sigilo, soledad, oración, lecturas y algún que otro amigo hasta que estallen en mis venas los primeros compases de la consagración del otoño. Hasta entonces, búsquenme encerrada en mi torre de marfil blindada. Allí estaré escribiendo a escape, aunque sin prisa, una novela.

¿Sabes qué, verano? Más que mal de ausencias, lo que yo tengo es mal de presencias. La tuya es una de ellas. 

agenciafebus | 23 junio, 2020 de 22:47 | Categorías: Editorial, La señorita Nouvelle Vague | URL: https://wp.me/pbNlz0-HQ
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