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Sobre el poder de los vocablos de esta frase

Sobre  el poder de los vocablos de esta frase

/Antonio Gómez Pérez

 

Sinceras, cobardes, cínicas, amables, cultas o humildes. Ninguna de las palabras del renglón anterior han dejado impasible al lector. Como mínimo habrán generado una sensación, un recuerdo o una idea. Todas han producido una reacción,  y aunque están dotadas de un significado tienen poder más allá de eso.

¿Cuál es el poder de la palabra? Por encima de lo que recojan los diccionarios o las enciclopedias, una palabra es la muestra de que compartimos algo, aunque vivamos en distintas zonas, con religiones opuestas, culturas diferentes, y cuantos contrastes pensemos. Sería imposible que existiese el mundo como tal si las cuerdas vocales no emitiesen estos sonidos.

El primer poder que tiene la palabra es el de causar una reacción en la persona que la emite. Por ejemplo: ¿nunca se han sentido ridículos al decir una palabra? Porque aunque todas sirven para enviar un mensaje,  solemos  pensar que las palabras que empleamos no son las más refinadas, o quedan eclipsadas por las de otros.  Aún siendo así, las que ya están escritas están en este texto, por ejemplo, han expresado un mensaje. Otros  parecerán mejores. Además, lo que destaca de una frase cualquiera es la intención que es lo que da sentido a la misma.

Otra facultad de la palabra es la reacción que causa en el interlocutor. Esta capacidad se puede tornar como la más nociva porque implica la selección de las palabras con la idea que tenemos de una parcela de la realidad. Y el poder de los vocablos es dañino porque se puede percibir un mismo hecho de distintas formas en función de las palabras que se escojan. Lo observamos a menudo en los medios de comunicación donde, por ejemplo, un personaje cualquiera puede ser un santo o un demonio.

Y frente a las palabras están los silencios,  que aunque se interpretan de distinta forma nunca llegan a ser elementos vacíos.  El silencio absoluto no existe dado que se daría “incomunicación” y tan solo puede concurrir la omisión de palabras. Esto tiene una intención concreta. Así, por ejemplo, cuando nos sentimos acorralados, sin argumentos, la comunicación que establecemos es el silencio y con él decimos: “Tú ganas, no puedo decir nada”.

Quizá el mayor poder de  los vocablos es que pueden ser alambres espinosos o hilos de seda con los que hilvanar los retazos de la realidad. Caminos de las sensaciones, unas veces amargas y otras dulces; armas que nos protegen y atacan; letras unidas que se apocan frente a los silencios y la indiferencia.

Son la muestra de nuestra creatividad. Por eso sus significados varían, se alteran y están en constante cambio. Eso nos permite poder afrontar la realidad con más recursos y, por ejemplo, resumir  un hecho con una palabra. Y generar reacciones como las que estas líneas han causado en todos los que han llegado a este punto.

 

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