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Después del rearme alauí…

Un Ejército marroquí bien pertrechado siempre representa una amenaza indirecta

ABC

/Ramón Pérez Maura

El rearme marroquí que se cuenta hoy en estas páginas de ABC es de una enorme trascendencia por varios motivos. Ante todo se trata de una disputa regional entre el Reino de Marruecos y la República de Argelia. Los argelinos están  invirtiendo en rearme más que todo el resto del continente africano sumado. Y ante un vecino así, Rabat no puede hacer como que no pasa nada. Pero, además, Marruecos tiene una constante amenaza islamista dentro de su propio territorio. El papel de Comendador de los Creyentes que tiene el Rey es útil a la hora de hacer frente a esos terroristas, pero debe ser acompañado de los elementos físicos y no sólo espirituales con los que poder poner freno a quienes ya han derramado sangre en Marruecos en varias ocasiones.

No está de menos recordar que el Reino Alauí está invirtiendo en defensa, en proporción a su producto interior bruto, casi el triple que España. Los marroquíes el 3,2 por ciento frente a un magro 1,2 español. Y recordemos que eso queda muy por detrás del objetivo de los países de la OTAN que está en un 2 por ciento. Es imposible negar el derecho de los marroquíes al refuerzo armamentístico de sus tres ejércitos. En puridad es conveniente para España que un aliado como es Marruecos -por más que siga siendo presentado como una bicha negra por tantos españoles de todos los signos políticos e ideológicos- sea fuerte. Sirve de muro de contención contra muchas amenazas. Pero al mismo tiempo un ejército marroquí bien pertrechado siempre representa una amenaza indirecta: la que supondría una caída de este régimen y el acceso al poder de una facción islamista radical.

No hay dudas respecto al papel que ha jugado la Monarquía marroquí frente a cualquier amenaza desestabilizadora. Durante veinte años, el ministro del Interior marroquí fue Driss Basri, una suerte de legatario todopoderoso de Hassan II. Su presencia inspiraba pavor a cualquiera. Pero ni a él le permitía Hassán II el más mínimo fallo. El 24 de agosto de 1994 se produjo un atentado terrorista de corte yihadista contra los turistas del hotel Atlas-Asni de Marrakech. Murieron dos españoles y una francesa resultó gravemente herida. Los terroristas habían ganado por la mano a la seguridad de Basri. El ministro acudió a Palacio, se postró ante el Rey y confesó: «Majestad, he fallado». Hassán II le escupió en la cara y abandonó el lugar. Pero Basri no fue destituido ni dimitió. Aquello iba dentro de su servicio al Monarca. Mantuvo el cargo hasta que cuatro meses después de morir Hassán, el Rey Mohamed VI le relevó de sus funciones.

Hoy, como ayer, la seguridad es primordial para los marroquíes. Y esa seguridad pasa también por mantener la unidad de la patria. El llamamiento a filas para restablecer el servicio militar obligatorio para hombres y mujeres -algo inverosímil en algunas otras sociedades musulmanas- tiene más que ver con la instrucción patriótica que se quiere dar a todos los ciudadanos que con la aportación efectiva que pueden representar para las Fuerzas Armadas los reclutas formados en sus filas. La cuestión ahora es saber qué respuesta va a dar Argelia y si los yihadistas pueden aprovechar el reclutamiento forzoso para intentar infiltrar los barracones del Ejército. El escenario, hogaño, es diferente.

Ramón Pérez-MauraRamón Pérez-MauraArticulista de Opinión

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