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LA MONA Y EL FONTANERO

LA MONA Y EL FONTANERO

LA MONA Y EL FONTANERO.

Anoche tuve el placer de presenciar un monólogo efectuado por mi amigo el honorable y “Primus Cateti” Salvi Laporte. Como se esperaba, Salvi no defraudó. Ni mijita.

El Cateto, que es una persona con un enorme carisma y una personalidad indiscutible, conserva amigos (entre los que orgullosamente me cuento) desde los años del Pingüi, el Guarrindongo o La Buena Sombra. Oír sus anécdotas mil veces contadas no cansa porque cada vez que las cuenta, están adornadas de nuevos giros y detalles que hacen que sean enormemente divertidas y siempre sorprendentes. Como nuevas

Anoche, se metió al público en el bolsillo con una puesta en escena tan simple como eficaz. Con un simple reparto de fotografías que documentaban y justificaban la veracidad de lo narrado, o con la sincera confirmación de los asistentes qué –con gestos de regocijo– indicábamos a los demás de que habíamos sido afortunados testigos presenciales (cuando no coprotagonistas) del chascarrillo de marras. Lo que se llama un despiporre.

Volvimos a oír situaciones esperpénticas como aquella en la que estando en su casa de cháchara con José Monje Cruz (Camarón de la Isla) y otros amigos, su mona Fatema, daba saltos imposibles como acostumbraba desde sus atalayas preferidas situadas en lo más arriba que permitían las paredes del salón. Es decir, desde la galería de las cortinas hasta el altillo del armario; desde lo mas arriba del mueble de pladur al hombro de cualquier desdichado que, tranquilamente, permanecía sentado en el sofá atento a la conversación y ajeno a las maldades que estaba elucubrando el jodido simio que Hanuman, el Rey Mono, y su prima Kalamàtmika confunda.

Pues bien, ya he hablado profusamente de Fatema en este blog. De las tropelías a las que sometía a sus presas humanas y de la presteza y diligencia con que la mona realizaba sus desmanes. De cómo, huyendo a la velocidad del rayo, sus fechorías quedaban impunes.

Bueno, vamos a la anécdota que yo no conocía:

Estaban, ya digo, Camarón y Salvi sentados y charlando tranquilamente cuando de repente llega un fontanero, de parte de la comunidad de propietarios, para realizar una reparación necesaria en la cocina. El fontanero, ajeno a lo que se le venía (literalmente) encima, usaba gafas de culo de vaso y portaba un pelucón del quince; de esos que se adivinan desde lejos y tapan la totalidad de la pista de aterrizaje. Le dio paso franco al técnico, lo dirigió a la cocina, y siguió de francachela con José.

Fatema estaba extrañamente silenciosa y desaparecida, cosa nada habitual en el bicho.

De pronto, un grito de entre pánico y sorpresa los sobresaltó. Inmediatamente, ¡Otro alarido aún más fuerte! Como agónico y desesperado. Al punto, una blasfemia irreproducible y un ruego: ¡Que Salvi se personase de inmediato por donde él se encontraba!

Entraron mi amigo y el flamenco asustados. El pobre hombre se hallaba de pie, en medio de la cocina completamente pálido, abatido y armado con una enorme llave de grifa (muy apropiada para el caso) en la mano; mirando desesperado a la mona, que, desde el rincón más alto que pudiese haber en la cocina, observaba dignamente a su público. La macaca chillaba con cara de enfadada al pobre técnico con el pelucón y las gafas (debidamente destrozadas) debajo de sus sobacos sin ninguna intención de devolver el botín al atribulado cegato y mondo repelón.

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